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Canonizando a Teresa de
Los Andes, la Iglesia presenta al mundo católico
uno de los frutos más logrados de los quinientos
años de evangelización de América
Latina. Y se la brinda, presintiendo que el Señor
quiere servirse de ella como instrumento para renovar
y revitalizar la fe de estas naciones.
Tuvo Teresa desde niña
el carisma de acercar a los hombres a Dios, y continúa
ahora atrayéndolos a millares desde sus escritos
y desde su Santuario, con su simpatía, juventud
y contagiosa alegría.
Desde su canonización,
Teresa, la "joya del hogar de los Fernández
Solar", la "hija predilecta de la Iglesia
chilena", don y regalo de Dios para Chile, y
modelo y estímulo de su juventud, pasa a ser
universal. Se convierte en patrimonio de la humanidad,
como hija predilecta, orgullo y joya de la Iglesia
latinoamericana.
Ampliado así su
radio de acción, va a proseguir su misión
poniendo en juego su mencionado carisma, despertando
hambre y sed de Dios en nuestro mundo materializado.
Ahora va a poder saciar su hambre y sed insaciables
para que los hombres busquen a Dios (c. 104). Ahora,
sin fronteras que limiten su celo apostólico,
va a pregonar al mundo entero la felicidad, la dicha
de conocer y amar al Señor…
Los grandes doctores de
la espiritualidad – Santa Teresa de Jesús
y San Juan de la Cruz – lo formularon claramente:
El hombre es un ser abierto a la trascendencia. Como
hechura de Dios, depende de El y tiende irresistiblemente
hacia El. Tiene necesidad existencial de El, que es
el centro y la razón de su vivir. Está
llamado a tener comunicación con El, a vivir
en comunión con El. Y si no da cauce a esa
su tendencia irresistible, si se derrama al exterior,
queda profundamente insatisfecho, aunque disfrute
de todas la criaturas, y expuesto a degradarse, "como
el hijo pródigo, comiendo manjar de puercos.
De ahí la apremiante
invitación de tan grandes maestros a vivir
en íntima comunión con el Señor
para realizarnos en plenitud; para lograr dominio
de nosotros mismos y para ser "señores
de todos los bienes".
Urge, pues, aceptar tan
apremiante invitación. Pero los maravillosos
escritos de Santa Teresa de Jesús y de San
Juan de la Cruz – indiscutables doctores de
la oración y de la experiencia de Dios –,
que encantan a los críticos, no llegan a la
mayoría. La grande masa de la población
latinoamericana no tiene acceso a ellos. Por eso,
ha tenido el Señor la delicada bondad de regalarnos
esta dulce y simpatíca carmelita americana,
encomendándole la misión de hacer de
eco y amplificador, para nuestros tiempos y regiones,
del mensaje espiritual de sus Santos Padres.
Teresa de Los Andes está
en inmejorables condiciones para gritar a nuestra
convulsionada sociedad el mensaje teresiano-sanjuanista,
repitiéndole bien alto: No nos imaginemos huecos
por dentro. Estamos habitados por el maravilloso huésped
llamado Dios, y es preciso abrirnos a El y contar
con El, si aspiramos a realizar el proyecto humano,
a ser plenamente hombres y realmente felices. "Uniéndome
a su Ser divino me santifico, me perfecciono, me divinizo",
escribió ella (c. 121).
Difícil sería
encontrar mensajera mejor para pregonar esta verdad
que Teresa de Los Andes. Porque estas naciones son
jóvenes. Un 60% de su población tiene
menos de 30 años. Y ella fue una joven muy
agraciada, simpática, alegre, comunicativa,
deportista, que trató de hacer amable la virtud
y que habla en un lenguaje asequible a todos.
"Cómo quisiera
hacer que todos amen a Dios, pero antes que lo conozcan",
decía (c. 60). Y su vida y sus escritos son
una entusiasta invitación a que tratemos familiarmente
con El a través de Cristo. Desde su primera
comunión, "todos los días comulgaba
y hablaba con Jesús largo rato" (d. 6).
Antes de ingresar al Carmelo ya aspiraba a que toda
su existencia fuera una oración ininterrumpida.
En todas partes, aun en la calle, en los paseos y
fiestas, conversaba con Jesús. "Su alma
– escribió su hermano Lucho – estaba
arrodillada ante Dios". Sentía apremiante
necesidad de orar. Y, desde el claustro, pregonará
que, como los enamorados buscan la soledad para comunicarse,
ella encuentra su felicidad en vivir – sin que
nadie medie entre ambos – escondida en Cristo,
anegada, engolfada en el Ser infinito.
Teresa de Los Andes convence
al invitarnos a conectar con Dios. Ciertos tratadistas
habían hecho odiosa la oración –
algo obligatorio a todo cristiano – encorsetándola
con reglas de lugar, horario y métodos. Ella
la libera de tales condicionamentos, enseñándonos
a tratar con Jesús familiarmente. Sin palabras
rebuscadas ni métodos complicados. Como ella,
que hacía consistir su oración en una
íntima conversación con Jesús
de corazón a corazón (c. 56 y c. 12).
Convence, porque tal conversación
con Jesús no es evasiva ni alienante. Exige
escuchar su voz. Exige disponibilidad frente a la
voluntad divina. Exige compromiso de eliminar lo que
en la propia conducta desagrada al Señor, hasta
lograr la configuración con Cristo, hasta ser
una excelente copia suya (cc. 56, 58 y d. 16, 22 y
28).
Convence, porque da como
fruto crucificar el egoísmo; sepultarse en
Cristo y resucitar como hombros nuevos, viviendo espiritualmente
unidos al mundo entero (d. 58). Como ella, que tuvo
por consigna sacrificarse para labrar la felicidad
de los demás (d. 20, c. 35), e hizo de su vida
una ofrenda por la salvación de la humanidad.
Convence, porque invita a
una oración en la que se aprende a conocer
y a amar a Jesús (c. 141). A optar decididamente
por El y a hacer acopio de energías para amarle
todo el día (c. 105), que es la manera de convertir
la vida entera en oración continuada. Y orando
así, también el hombre de la calle,
que no puede vivir en diálogo permanente con
Dios, como el monje, puede y debe vivir todo el día
– como hijo suyo que es – para Dios y
según Dios, cumpliendo siempre y en todo su
divina voluntad, santificando toda su jornada, transformando
toda su existencia y su trabajo en melodía
de amor, en hostia de alabanza para la Santísima
Trinidad.
Teresa convence, porque
su vida está centrada en lo esencial del Evangelio.
Porque, alcanzada por Cristo, enamorada de El, caminando
siempre de su mano, aprendió a planificar su
vida. A armonizar en ella, en envidiable síntesis,
lo divino y lo humano, el trato con Dios, con el de
los hombres, alcanzando un grado nada común
de dominio de sí misma, de equilibrio y madurez;
base de la alegría y felicidad contagiosa de
que gozó.
Uno de los mayores servicios
que podemos hacer los cristianos a nuestra sociedad
enferma de tristeza, angustia y depresión es
mostrarnos y ser felices. Y Teresa es excelente testigo
de que el secreto de la felicidad es la fidelidad
a Dios. De que "fuera de El no hay felicidad
posible" (c. 116).
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